lunes, 13 de septiembre de 2010

Meditación

Surreal

He pensado tantas veces en las mismas ideas que ya no hay duda que las tengo claras. He repasado una y otra vez el mismo discurso por mi cabeza en señal de aprobación que no hay necesidad de releerlo.

Tantas cosas he imaginado y manipulado en mi arrebatado pensamiento que ya parece que incluso ellas sucumbieron ante mis osados planes. Todo se supone que está en orden en mi mundo, pero nadie sabe que aún cuando duermo estoy pensando en cada paso que daré al día siguiente, ingeniando el modo de aplacar mi falta de espontaneidad, buscando justificación.

El bote en el cual me dirijo, el que me cruza constantemente entre las nubes y la tierra, entre la selva y el mar, de repente se torna extraño, confuso, participa en mi estado transitorio de ambigüedad universal, me envuelve y me escupe, me engaña. Saber si estoy palpando un lápiz es tan complejo como poder caminar por la Luna.

Pero ahora que el viento está estacionado al lado de mi barca, ahora que no me desafía y que no me insta a jalar del remo de hierbas que acostumbro a usar como motor, puedo decir que estoy sereno, en armonía y sintonía con mi absoluta confianza.

Algo había en mi cabeza. Esa cosa que ya no sabía si era parte de lo real o de lo ideal, a la que terminé por visualizar como un espejismo eras tú: Mi Verdad.

Tú flotabas, impresionada, desde lo alto del cielo, me miraste con cara de espanto mientras yo terminaba de decirte las últimas palabras, como si te lanzara un dardo inmenso, solapado de odio y frustración. Gimoteaste con fervor tratando de sostenerte, pero por más que lo intentaste, no fuiste capaz de vencer la gravedad y caíste: ahí quedaron mis años jóvenes, mis recuerdos yacían desparramados en las rocas.

 Yo fui quien te empujó... yo te maté.
Y ahora, ahora que te veo, siento que terminaremos donde mismo. Prefiero acompañarte. Adiós, locura querida, deja que otro te adopte y lo hagas prisionero, yo te libero.

domingo, 30 de mayo de 2010

Confesiones En La Barra V

Cautivante

Me dirijo a la barra, ahí está Gustavo, como siempre esperándome; en el instante en que me ve toma un vaso y sabe lo que tiene que prepararme: "lo de siempre".

Es extraño, hoy quiero desahogarme con él, contarle sobre mi estado, pero no por Cristóbal, sino por Agustín, mi compañero de trabajo, el más cercano que tengo, un muy buen amigo, por cierto.

Tengo malas noticias, me gusta mi compañero de trabajo, el Agustín, ¿te acuerdas de él? - le pregunto con un poco de timidez.
Asiente con la cabeza, tratando de formar su imagen en la mente. Al rato me dice "ah, ese hueón que yo pensé que era fleto, pero que me tuviste que aclarar que no era?".
 
Con una sonrisa un tanto burlona y tristona le digo que sí, que es a él a quien me refiero.
Bueno, eso me pasa, - sigo diciendo - hace días que ando medio volado, me cuesta un tanto separar las cosas, por más que sé y tengo presente que las cosas no van por ese lado, algo me atrae de él. No es siquiera su apariencia, más bien me cautiva su personalidad, su preocupación por mí, sus ganas de compartir.

Perrito, - me dice Gustavo - cagaste, te metiste en las patas del caballo y ahora tú solito vas a tener que ingeniártelas para salir de ahí. Además no sé qué tanto reclamas, si tienes a tu tortolito al lado, no entiendo por qué este famoso Agustín te mueve tanto el piso, si ya tienes pierna en la casa.
Puta, hueón, sí sé, pero ¿cómo chucha hago para dejar de lado todo este mariconeo inútil que me estoy pegando si a veces me canso de ser el loco rígido y fuerte, al que no le entran balas?; Yo también quiero sentirme protegido por alguien y eso es lo que exactamente me pasa con él, me siento acompañado, entendido; con esto no quiero decir que el Cristóbal no me apoye y sea comprensivo, pero es algo nuevo, ¿te fijay?

Ya, basta, no seas niñita, tómate tu hueá y ándate a dormir, por último llama a tu maraco y dile que se junten, no sé, cocinen juntos y ve si se te pasa, en una de esas te terminas entusiasmando y te toca fogón; a todo esto no te preocupes, la casa invita.


sábado, 8 de mayo de 2010

Confesiones En La Barra IV

Entre El Espectáculo y Las Sombras
 
No he visto a Gustavo, no he hablado con Cristóbal, aunque seguimos saliendo, tratando de controlar mi animal interno, el que siempre termina apoderándose de mi "yo completo", es en él en quien muchas veces descanso y encuentro una salida.

Hoy, para mí, es un día de esos en que no quieres nada, te sientes superado por la rutina, no sabes de donde eres ni a donde perteneces, un momento en el que sólo quieres disfrutar de un trago, en un local desconocido, solo, mirando al resto.

Es muy raro que me sienta desorientado, pero últimamente las cosas no han pintado muy bien, siento que estoy en un lugar que no me pertenece, con muy poca gente que considero "propia", con la cual puedo actuar naturalmente, sin necesidad de censurarme. Es extraño, esta sensación de enajenación es tan poco usual que tampoco entiendo muy bien como haré para neutralizarla.

A veces he llegado a pensar que mi actual estado se terminará luego, que soy yo el que tiene la llave para decir "hasta aquí nomás llego yo", aunque me empecino en que no termine cediendo frente a la amenazante idea de dejar las cosas botadas y decantar por lo que me está llamando, lo que me hace señas de lejos.

También me he dado cuenta que hábitos que tenía los he dejado de lado, mientras que otros los he adquirido paulatinamente, haciéndome sentir bien, un poco más completo, satisfecho, y la verdad es que no sé hasta cuando seguiré actuando como el ciego que no quiere ver, como el tipo perseverante que no manda las cosas a la cresta por el miedo a fracasar.
Quizás sea yo quien ahora deba volver a preguntarse:
"¿Quieres correr el riesgo?" y saber también hasta donde llegaría por correrlo.

Se baja el telón, el cuarto acto llegó a su fin.


jueves, 28 de enero de 2010

Confesiones En La Barra III

Acaudalado y Latente

Cuando uno está ganoso y caliente, opta por hacer cualquier tontera que esté al alcance, así de simple, tanto así que, a veces, uno casi ni se entera de las cosas que terminó haciendo con Pedro, Juan o Diego, sólo ocurrieron, cómo ni por qué, no interesan.

Mientras me muevo, se me olvida todo; el nombre del susodicho, ni ahí, la hora, ni ahí. Con decir que hasta mi intento de bajón y encontrar a un alguien que me frene también se perdió, todo por la vil necesidad, la mal ponderada satisfacción.

Hasta que un día de esos, de la nada, se asomó una pequeña gacela entre la espesa hierba y me revolvió lo que es todo.
Traté de cazarla, pero me retracté, no pude usar mis habituales artimañas de galantería sexual y me contuve sólo a lo moral; ni yo mismo sé que cresta me pasó, no pude.

Así que como podrán adivinar, lo invité a salir otra vez, quedamos de ir al cine a ver una película que él eligiría, porque yo para el cine soy nulo, me carga, lo encuentro fomesísimo.
Lo pasamos muy bien, mucho más de lo que tenía espectado, terminamos conversando en un pub, no en el de Gustavo, obvio, porque o si no hubiera estado más pendiente de él que de mi cita.

Realmente no sé que me pasa, pero pude retener su nombre, se llama Cristóbal, trabaja en un bufet, es inteligente, tiene un talento innato con las palabras, su carisma me atonta, es muy sincero e incluso sabe bailar, así que con eso estoy pagado.

La verdad es que espero disfrutarlo más y saber si mi hora llegó, así que ATRÁS SATANÁS, déjame conocerlo, pero no en la cama... (aún).
Escena dos, luz, cámara, acción.

miércoles, 20 de enero de 2010

Confesiones En La Barra II

Solo Con Mi Almohada

Hoy no tengo ganas de ir a tomar donde Gustavo, me siento pésimo, siquiera me atrevo a elucubrar un intento de piropo para alguna presa, acabo de recordar que el traje que cargo a diario me está pesando demasiado y eso es realmente alarmante.

Así como soy capaz de enamorar a medio Santiago, también debería haberme dado cuenta que hace rato mi rol de animal pide un descanso, que necesito dejar de ser tan marginal y empezar a creer en que existe ese alguien en quien puedo apoyarme, sentirme atendido, comprendido, valorado y amado.

¿No sería malo, después de todo, no?
Si al final no puedo jugar a ser Dios, no, eso no pinta bien, para nada.
La cosa es que esto estaba latente hace rato, las ganas de decir "basta" va más allá del cansancio físico, la verdad es que estoy muriendo emocionalmente, la soltería vitalicia de la cual me vanaglorio comúnmente es más tajante que mi excitante travesía por camas ajenas (y eso ya es mucho decir).

Fui claro, estoy reconociendo mi derrota, aquí mi teatro empieza a desmoronarse, dejándome en pañales, desvalido, como si fuera un eunuco, casi inservible, sin posibilidades de improvisar.

El asunto ahora es más denso: ¿cómo cresta voy a actuar frente a un tipo que me llame la atención sin caer de nuevo en el patético y pedante juego que estoy acostumbrado a montar?
Quizás ese sea mi mayor reto, evolucionar, mirar a los hombres de otra forma, ya no son genitales deambulando por la calle, por la vida, sino que son formas orgánicas aún inexploradas como tal por mi fogosa mirada.

Bueno, nueva vida, aquí voy....
Recíbeme con las piernas... eh, brazos abiertos.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Confesiones En La Barra I

Ligando Número 1

Caminar por la calle no es entretenido cuando está lleno de minas lindas que te sonríen y más de alguna vez ríen luego de que te regalen alguna miradita coqueta, tomando en cuenta que a ti no te gusta lo que ellas tienen para ofrecerte; es una lástima, pero es la cruda verdad que ellas tienen que afrontar.

Si camino por la calle me gusta disfrutar del paisaje, de las calles, de los autos, de la gente... ¿A quién mierda quiero engañar?.
Lo que a mí me gusta mirar es a los hombres, me
matan las barbas, las poleras ceñidas a un cuerpo trabajado, un poto generoso, que su estilo al vestir sea interesante, atractivo, pero lo que más me mata es cuando luego de mirarlos y pensar "qué lástima que no seas algo más que un cruce en la calle", me llega su olor a perfume, en donde me convierto en mantequilla derretida en una tostada recién preparada.


Yo sé que esto suena muy amariconado, incluso puede parecer patológico, así que siempre recurro a un muy buen amigo, el más fiel que puede existir, mi amigo Gustavo.

Mira, Gustavo, tú sabes que si vengo para acá es porque eres el mejor barman que existe en todo el sector, y porque, evidentemente, eres mi mejor amigo, tú sabes que no me gusta tener amigos maracos, no va conmigo toda su volá naturista ni sus clases de pilates con su amiguita de turno, a mí me gusta la carne, las pesas y el hueveo, el hueveo intenso.

Sí sé, sí sé; ya cuenta luego, que vienes con cara de ansioso.
¿Lo mismo de siempre, cierto?

Sí, un pisco con negra. El otro día vine a tomarme un trago sin avisarte, desgraciadamente (digo cínicamente) tú no estabas, así que al final me tuvo que atender ese minito que va pasando (poniendo cara de inocente y apuntando a un mesero).

Ya... creo que capto para donde va la historia, veamos que le hiciste a este tipo, porque según voy viendo, una mentira le contaste para engrupírtelo, porque el pobre pasa por tu lado y te despedaza como hiena hambrienta.

No me interrumpas, que esto es lo mejor: después de haber estado prácticamente toda la noche tomando solo y conversándole, terminamos en mi departamento, tengo que decirte que está harto rico, mejor ni te cuento como lo pasamos. Lo mejor es que quedó loco, compadre, a los días me llamó para vernos otra vez, y yo, como buen samaritano, no me pude negar y tuve que ayudar al prójimo, como decía el curita de mi mamá.

Hueón, por favor, cambia la cara de caliente que pones cuando este maricón pasa y te menea el culo, ¿no te das cuenta que quiere puro ir a follar al baño?

Bueno, ¿y cuál es el problema, dónde tengo que firmar?

Porque soy tu amigo y aunque no chuteemos para el mismo lado, te entiendo y te conozco, te creo capaz de ir y pescártelo en pleno baño, pero por favor, no lo hagas, que le podrías causar problemas al local.

Ya, hueón, controlaré a Toñito, tú sabes que es medio rebelde y de repente ni haciéndole cariño se calma, ya te he contado esa gracia.

Jajaja, ya, idiota, para de huevear y termina de contarme.

La cosa es que acordamos de juntarnos hoy, aquí, así que estoy esperando a que termine su turno para irnos a mi departamento... lo que no sabe es que voy a llevarlo a la playa, como sorpresa, para salir de la monotonía de mi cama.
Río y sorbo un poco de mi trago.

Caliente e' mierda, a ti no hay quien te cambie.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Hey, Stop! II

El Café Ya No Sabe A Ti

Como si fuera extraño, Alfonso experimentó una rápida sensación de euforia, se sintió tembloroso, un tanto excitado por la verdad. El cigarro lo había dejado hace tiempo, pero por un momento deseó encender uno, como si estuviera sediento de un néctar inaccesible. Supuso que un cigarro no le haría mal a nadie, además, nadie tendría porque saberlo. Miró al joven que tenía en frente y como un cobarde dio media vuelta, saliendo del gimnasio camino a su casa, sin antes pasar a comprar cigarros y un encendedor para dedicarse a fumar.

Ya se veía el atardecer desde el balcón, el frío empezaba a caer y los deseos de estar pegado en aquel lugar se hacían incesantes, entonces tomó su jarrón de café favorito, se sirvió de un poco y disfrutó el momento fumando, recordando los bellos atardeceres de su juventud.

La noche estallaba sobre sus hombros, la gente se veía por las calles, dispuesta a gozar, mientras él aún pensaba que se sentía solo, amargado, como un viejo huraño. Sin embargo, aún había cosas que le dejaban un sabor dulce en el alma, sus días con Héctor.

Para él, Héctor era un hombre correcto, amable, de esos que ya no lograba encontrar, quizás no tanto porque no los hubiera, sino porque ya no le llamaba la atención buscarlos y
, por más que lo intentaba, aún no podía despegarse del suelo, las alas le habían quedado extremadamente dañadas como para ambicionar un vuelo sin desperfectos.

A veces creía soñar con él, mientras otras creía verlo pasar por la avenida, pero nunca era él, siempre tropezaba al andar, una y otra vez sin parar, hasta que se acostumbró a que no aparecería jamás, perdiendo la esperanza, extrañando su esencia.

Un temblor nuevamente le invadió el cuerpo, el último sorbo del café le pareció repugnante, sin querer, al hacer una morisqueta por el sabor, dejó caer el jarrón desde su balcón hacia la calle, viendo cómo los últimos restos de su época dorada eran liberados de su cobardía.

Estoy loco, loco por tu culpa... Ya no le tengo miedo a las alturas, Héctor ... ¿viste? ya no me tienes que molestar diciendo que no puedo subirme, espérame, no te vayas...

Ahora Alfonso sonreía desde el suelo, junto con su tazón y su amor por Héctor esparcido como el café amargo.


Esto va dedicado para ti, Alicia.
Te quiero, un abrazo.